REPORTE NÚMERO 17: MIENTRAS MIRO LAS NUEVAS OLAS
Todo lo que necesitamos saber sobre cómo enfrentar la pandemia, ya está disponible en la realidad. No es la situación de marzo en la que todo eran preguntas y casi ninguna respuesta. Como no es lo mismo lo que atravesó cada sistema nacional de salud y sus trabajadores en la primera ola y lo que se está atravesando ahora.
En nueve meses hemos ido aprendiendo. La mayoría de las veces algunos pasos por detrás del virus, aunque no todos los países por igual. Desde China, pasando por Corea y gran parte de Asia, o en los casos de Nueva Zelanda y Australia, se vio que la sorpresa y lo inesperado no es el pecado original de todas las decisiones erráticas que se pueden tomar. También hay voluntades que se calzan el vestido de despistadas y ya con eso justifican sus acciones.
Hubo una especie de exceso en el uso del argumento de que "se sabe poco" sobre el SARS-CoV-2. Y aunque eso ya no parezca tan vigente, se lo sigue estirando todo lo que puede dar el elástico.
Dicho esto, a nueve meses sabemos que las estrategias para abordar al virus se dividieron básicamente en dos: las que se siguieron en Europa (sobre todo en la primera ola) con la recurrencia de cuarentenas; y las de América toda, en las que primó la reticencia a adoptar medidas duras de restricción de la movilidad. De honor es decir que no todos los casos han sido iguales. No es lo mismo la persistencia ideológica de EEUU y Brasil en negar la pandemia en todos los aspectos posibles, que el vaivén entre la preocupación y el relajo de países como México, Argentina o Chile.
Hablo acá de vaivén porque cada país penduló en sus decisiones según tocara la marea. México empezó negando abiertamente, pero el incremento de casos los llevó a tomar otro enfoque, que no pasó por las restricciones, sino por decir "esto existe y hay que cuidarse". Mantra que, si lo vemos, podría condensar todo lo que pasó por este continente. Las opciones fueron las extremas tipo "no existe la pandemia", y las respuestas más importantes a esto fueron reconocer su existencia y promover cuidados.
Pero esta opción más realista, decidió dejar en manos de cada persona la resolución de los problemas prácticos de los cuidados, al tiempo que iba procediendo con reaperturas e incrementos en la movilidad geográfica. Esto, sobre todo en el otoño/invierno, produjo incremento de casos y tensión en los sistemas de salud, y en específico en sus trabajadores.
Los médicos y enfermeros fueron la primera línea del "último recurso" para frenar la pandemia. Esto fue que en lo concreto, ellos tuvieron que ocupar el lugar incómodo de explicar y divulgar los problemas médicos y los peligros por la falta de cuidados, pero también tuvieron que ser el amortiguador de las frustraciones sociales. Si los medios de comunicación (por delante de todos), la oposición política (después), y el dejar-hacer del propio gobierno, transportaron la carga de la pandemia a la resolución individual, la sobrecarga del sistema de salud (aun remozado en los últimos meses) tuvo que lidiar con todos los problemas derivados del corrimiento del estado, y tratar de salir adelante como fuera en medio de una precariedad laboral cimentada por décadas.
Y esto es lo que tuvimos. Tuvimos decisiones acertadas como la cuarentena temprana y la creación de estructuras de campaña para resistir la primera ola. Vimos a Europa y nos preparamos para eso. Y a medida que fuimos viendo que no llegábamos a la dimensión de la catástrofe europea de marzo-abril, y que el medidor de la ocupación de camas en general aguantaba, tiramos para adelante.
No es algo que no ocurriera igual, con leves diferencias, en Europa. Apenas la primera ola cedió, los principales países de la UE se lanzaron a la reapertura económica a marcha forzada. Ganar el verano fue su objetivo. Y sobre todo España, con su costa cálida habilitada para todo propósito turístico, fue un destino privilegiado.
La forma de entender esto fue muy sencilla. No había que pensar en el "futuro" de la pandemia (que todavía no tenía un horizonte con la vacuna), sino en la forma de alentar el consumo y la reactivación económica mientras los casos estuvieran en baja. No sirve hablar de un ejemplo aunque los casos de España o Gran Bretaña sean paradigmáticos. Todos los países apostaron por inventarse una especie de keynesianismo pos-pandémico (de consumir y reactivar), cuando lo único que se había atravesado era una primera ola.
Y en Argentina lo que nos pasó fue que nos descubrimos encajados en medio de una asimetría estacional. Mientras en la mayoría de los países la primera ola fue un desembarco del virus, en el hemisferio sur eso enlazó con el comienzo de la temporada invernal. Es decir que mientras en el norte (Europa ante todo) se veían favorecidos por la variación en el clima (amén de haber logrado una reducción de la circulación con dos meses de cuarentena), nosotros íbamos más lejos de lo que ellos habían vivido en términos de estacionalidad.
Cuando se habla del alargamiento de la cuarentena en Argentina frente a lo que pasaba en el hemisferio norte, muy pocas veces se desarrolla esta cuestión de cómo nosotros quedamos encajonados por la llegada del frío. Y ahí es donde se bifurcaron los caminos entre los hemisferios Norte y Sur (alrededor de mayo) y empezó el ascenso fuerte de casos en el AMBA. Ascenso que duró hasta mediados de octubre.
Ahora que nosotros estamos con un pie en el verano y en el hemisferio norte entran al invierno, el panorama se presenta más complejo.
Por un lado Europa nos muestra varias capas de problemas que nos tendrían que poner en estado de alerta. El primero es la propia evolución de su abordaje de la pandemia. Frente a la estrategia de mitigación que hicieron con sus cuarentenas, el resultado fue una baja de casos y de circulación del virus muy importante. Eso los puso en una situación que, de haberlo intentado, podrían haber buscado una estrategia de Covid-Cero, como en Nueva Zelanda, Australia o China. Pero en la ruleta de la pandemia, decidieron no jugarse al aplastamiento de la curva (algo factible) y apostaron por una acumulación económica coyuntural. Algo más favorable para los lobbys empresarios que para la gente común. De más está decir que la segunda ola encuentra hoy las economías europeas mucho más golpeadas y menos capaces de responder al mantenimiento de ayudas para quienes tienen que cerrar sus negocios o trabajar desde casa.
Este problema no surgió de la nada. Empezó con un modelo de desconfinamiento y reaperturas aceleradas, donde la previsión y la prevención no eran variables a tener en cuenta. Aún más, en todos los casos existían dos ideas, y las dos erradas: una, que ya habría suficiente inmunidad creada, capaz de amortiguar los efectos de una segunda ola (algunos la llamarían "inmunidad natural de rebaño"); y que el sistema no sería esta vez sobrepasado por la acción del virus, ya que no los tomaba por sorpresa.
La realidad es que en los dos preconceptos les salió el tiro por la culata. Los casos diarios fueron creciendo de manera desproporcionada respecto a la primera ola, y aunque la mortalidad fue en un primer momento menor, a lo largo de las semanas de la segunda ola, tanto la mortalidad como la tensión en los sistemas de salud fueron empeorando de manera dramática. Esa es la razón por la que casi todos los países de Europa tienen que producir nuevas cuarentenas, extendidas en el tiempo, y es porque sus UCIs están al borde del colapso.
Y ahora, el agravante: con la entrada del invierno, se teme una tercera ola. España fue un país en el que la segunda ola se adelantó. Los otros países, tradicionalmente más fríos, vienen llevando la segunda ola y es posible que esta no se reduzca mucho antes de que entren los efectos de una tercera.
Todo esto ocurre justo en el momento en que se prepara la llegada de las vacunas. Por eso cabe la pregunta: ¿cuánto puede modificar la vacuna todo esto?
Mi opinión: en el medio y largo plazo, mucho. En el corto plazo, poco.
Los tiempos reales que involucra la logística de la vacunación son fundamentales. En situaciones normales, aun priorizando al personal en riesgo y a los mayores, una vacunación nacional llevará meses. Ese es un aspecto de la realidad. Vamos a otros.
La primera vacuna validada y en tren de que se la aplique es la de Pfizer. Esta vacuna tiene 2 inconvenientes logísticos importantes: uno es que necesita de un almacenamiento en heladeras a 80 grados bajo cero. Es una tecnología que no todo el mundo dispone y que en cualquier caso estaría muy localizada. Es decir, está mediada por su capacidad de transporte y el tiempo para hacerlo.
El segundo inconveniente es que las existencias de la vacuna son limitadas. Primero, al propio país que la produce: EEUU; y en segundo lugar porque las partidas que ya están compradas, tienen como destino prioritario a países más ricos.
Es cierto que Pfizer ha distribuido globalmente vacunas, en tanto que esto es también una forma de promoción de su propio producto. Pero en lo que hoy importa, que es resolver la relación de las variables de tiempo e inmunización, no será tan ágil o rápido como se necesita.
Ahí entran a tallar las otras vacunas posibles. Por un lado AstraZeneca (también conocida como vacuna de Oxford) retrasó su salida ya que tuvo que asentar mejor sus resultados respecto de cómo funcionan y se combinan sus dos dosis. Y de las vacunas de países como Rusia (Gamaleya) o de China (CanSino; Sinopharm), todavía no tenemos el dato concreto de su aprobación o fechas para sus aplicaciones. Pero si nos atenemos a los calendarios globales, podríamos suponer que hacia los meses de agosto/septiembre de 2021, previo al nuevo ciclo frío del Hemisferio Norte, una buena parte de la población global se encontraría inmunizada.
¿Dónde insertamos a Argentina en este mapa? Yo creo que hay que considerar dos aspectos: uno es el de los tiempos de la vacuna y el otro el del tiempo de las infecciones. Yo creo que en Argentina lo que puede ocurrir es que se solapen esos dos tiempos. No hay forma de imaginar que Argentina no tenga un resurgimiento de casos en un futuro próximo, lo que sería una "segunda ola". Hay dos factores que alimentan esta posibilidad: uno es que desde antes que se pasara en el AMBA del ASPO al DISPO (de cuarentena a solo distanciamiento), ya se venía restituyendo la movilidad "normal" a un ritmo mucho más alto de lo recomendable. Esto tarde o temprano impactará en el número de contagios.
A fecha de hoy lo que retrasa ese crecimiento está en que la mayoría de la gente está fuera de su casa y ventila interiores por razones obvias de la época del año; y también en que la reducción de la circulación viral opera, potencialmente hoy, como una bajamar. Esto hace que si la tendencia es a que se reduzcan los casos (sea a mayor o menor ritmo), las probabilidades de que cambie la dirección de la marea y estos suban, es más débil.
La diferencia situacional sería esta: cuando todavía el patrón de movilidad, aún creciente, no produce excesivos encuentros entre personas no convivientes (nuevos susceptibles) relacionados con nuevas cadenas de contactos, no tendría por qué haber un brote fuerte. El problema irá surgiendo a medida que las barreras que existían entre esos contactos caigan.
Esto es algo que se irá produciendo a través de aglomeraciones mayores, reapertura de espacios de ocio sin limitaciones, y obviamente las reuniones con amigos y familiares de fin de año. Para los que quieran moralizar este problema, vale aclarar que esto no es por las reuniones en sí. Es porque gente que no se ha cruzado durante nueve meses, volverá a cruzarse con cierta frecuencia durante las próximas semanas, y porque no volverán al estado de cuidado previo a esos encuentros, sino que los incorporarán como base de nuevos y futuros encuentros.
La idea es que el tejido de encuentros y frecuencias se irá incrementando. ¿En qué momento eso se reflejará en infecciones mayores? No se puede asegurar. Pero podría estar ocurriendo de manera previsible en el mes de marzo. Un adelanto o un retraso depende de cómo actúe la gente. Pero, ¿dependerá también de la vacuna?
En un sentido, sí. Tanto Alberto Fernández, como Ginés González García o Carla Vizzotti vienen diciendo que el objetivo es bajar la mortalidad del virus en los próximos meses. Y esta afirmación es, creo, la mayor confirmación de cómo se trabajará. Si se logra vacunar a personal de salud, esenciales y gente de riesgo, se conseguiría atacar el problema clave de la pandemia: los más vulnerables. Si esto se pudiera hacer antes de marzo, se habría ganado terreno en ese aspecto. El asunto dependería entonces de la evolución de los contagios, es decir, de lo que no es programable.
Si en Argentina se vacunara a esenciales y vulnerables, no se evitaría una segunda ola. Se mitigaría la mortalidad. Las infecciones podrían crecer de manera importante y en el final del camino llevarían a las UTIs a gente con otras edades. ¿Esto solucionaría la mortalidad en general? Una respuesta sería que bajaría la población que tiene más chances de morir por el virus, pero la otra respuesta es que lo cuantitativo también importa. Esto implica que si hay muchos contagios podríamos ver también muertes más relacionadas con la cantidad de casos que con la vulnerabilidad de los casos. ¿Cuál es la correlación entre estos dos factores? No es sencillo de determinar.
Se sabe por investigaciones que equipos de sociólogos vienen realizando, que en los lugares donde la pirámide de edad es más joven, crecen las muertes en los sectores donde hay más pobreza y precariedad. No hay que pensar en una relación de sustitución mecánica de que los vulnerables que no mueran serán reemplazados por pobres, pero sí que en los lugares donde la carencia es más grande habrá más muertes causadas por la combinación entre esa carencia, el aumento de los casos, la falta de acceso a estructuras de salud o por la incapacidad de aislarse.
Concluyendo: la segunda ola vendrá y según el momento en que esto ocurra veremos cuánto impacta en la población, y en simultáneo veremos cómo se va vacunando y se va restando susceptibles al virus. Es posible que esto se vea como una situación muy disímil en la que al mismo tiempo veamos lo mejor de la vacuna y lo peor de la segunda ola. Esa es la perspectiva posible porque eso es lo que ya está pasando en Europa y lo que vienen anunciando algunos países vecinos de la región a los que la estacionalidad no los está ayudando.
Lo cierto es que en todo momento y en todos los casos, siempre hay una chance de intervenciones humanas reales, generadas o administradas por el estado que pueden marcar una diferencia. A día de hoy estas intervenciones están concentradas en la aplicación de la vacuna, pero se necesita más que eso. Se necesita más que la responsabilidad personal o la mera vigilancia de algunos protocolos. Se necesitan acciones determinadas para impedir la difusión del virus y, por supuesto, lo más importante de todo: un plan concreto.


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