Reporte Número 4: "Convivir con el virus". Diferencias entre Endemia y Pandemia

 


Una de las costumbres que se vienen instalando en la comunicación cotidiana, alentada sobre todo por gran parte de los medios de comunicación, es identificar todo mal o amenaza que nos afecta con una pandemia y aplicar esa palabra sin dudar. Algo que termina en una cuestión tipo "X (pongan ustedes aquí lo que quieran), la otra pandemia". O "las pandemias silenciadas". Y así.

El mal uso del término, como en la mayoría de las situaciones, nunca es inocente. Pandemia es una enfermedad que está expandida geográficamente en todo el mundo y nos convierte a todos los humanos (cuanto mínimo a los que habitamos un continente) en susceptibles de ser afectados por esa enfermedad.

Uno de los usos con los que más han jugado los medios durante estos meses, de manera más o menos continuada, es la frase: "La inseguridad, la otra pandemia". 

Como a buen entendedor, pocas palabras, aceptemos que puede estar teniendo hasta un uso eufemístico. Pero desde el momento en que muchas personas repiten la misma idea, fuertemente convencidos de que esto es así, no viene mal diferenciar términos y alcances.

Pandemia, amén de su cuestión cuantitativa y su extensión geográfica, alude a una situación limitada en el tiempo. Ese tiempo se mide desde el momento en que una enfermedad deja de estar confinada a un espacio específico y se multiplica tanto que pasa a ocupar todos los espacios. Han habido pandemias, como la del HIV, que afectó más de manera extensiva (las zonas a las que alcanzó) que cuantitativa (a cuántas personas infectó). Distinto a la actual del SARS-CoV-2, que es extensa y cuantitativamente penentrante.

Pandemia convoca otro sentido: la urgencia. En el momento en que una infección se convierte en pandémica, los esfuerzos se concentran en la forma de terminar con ella. De ahí los esfuerzos por conseguir una vacuna en el menor tiempo posible.

Por eso cuando se dice: "La inseguridad, la otra pandemia", el procedimiento adquiere formas más complejas que las que la fórmula expresa. Primero porque la inseguridad no es un tipo de infección (aunque una amenaza pueda ser leída también en términos de infección) que sea igualable a todo el mundo, todo el continente, ni a una irrupción explosiva que la coloque en lugar de ser mitigada a vida o muerte en el corto plazo.

La inseguridad corresponde a otro tipo de amenazas que pueden ser tipificadas como endemias. Una endemia es un tipo de enfermedad que ya está integrada en la vida cotidiana. No es algo reciente e inesperado, sino algo que de maneras diversas ha penetrado el tejido social y ya no es percibido como "lo extraño". Las endemias no se definirían por su gravedad ni por la naturalización que hemos aplicado con ellas, sino porque han atravesado a lo largo del tiempo una serie de procesos de "validación" por los cuales la sociedad desarrolla ciertos protocolos de respuesta. Lo endémico no es menos grave por estar integrado. Hay otras endemias como la violencia de género o el racismo, que se cobran víctimas todo el tiempo. Acompañan a la sociedad a veces por décadas y otras por milenios. Básicamente son y están allí.

Quienes usan el término pandemia de manera discrecional para denominar cosas que no lo son, realizan primero una falsificación del problema. La inseguridad no es extraordinaria. Es cotidiana. Muy anterior a que la pandemia se declarara. Su problemática puede verse más o menos afectada por la presencia de la pandemia del SARS-CoV-2, pero lo que sabemos casi por seguro es que cuando la pandemia como tal pase, las causas y las consecuencias de la inseguridad retornarán a valores similares a los que existían, por poner una fecha, en 2019. Y todo aquello que nos afectaba antes, volverá a hacerlo ahora. Así ocurrirá también con toda otra amenaza endémica previa que podamos detectar y contabilizar.

Nominar a una endemia bajo el nombre de pandemia, busca generar una competencia de importancia. Una manera de decir (falaz) que las "pandemias" importantes de nuestra vida cotidiana (un oxímoron a todas luces) es desplazada por esa "nueva desconocida". Pandemia y cotidianidad no pueden coexistir como tales. Son términos antitéticos. La situación que determina una pandemia es el desplazamiento de lo cotidiano. Aun en el caso del HIV, que afectó de una manera diferente, instaló un primer momento en el cual hubo que incorporar una serie de cuidados específicos que antes no teníamos a la hora de practicar el sexo o compartir elementos en los cuales la transfusión de sangre estaba involucrada. Podemos pensar que fuimos más o menos influidos por esos cambios. Podemos pensar que no los vivimos en la práctica. Lo cierto es que esos cambios han tenido lugar. Y cuando la sociedad funciona en muchos aspectos, toma en cuenta esos cambios porque el HIV se ha vuelto endémico en nuestra sociedad. 

También al intercambiar los términos de endemia y pandemia, lo que sucede es que rebajamos el valor de la pandemia en sí. Si todo es pandemia, todo se iguala. Si la inseguridad es una pandemia y el SARS-CoV-2 es una pandemia, entonces esta "novedad" no es tan importante como se nos dice porque "cualquiera sabe" que hay amenazas más importantes. Esto lleva a abrir toda una serie de variantes respecto del negacionismo.

Es cierto que, en la práctica, el negacionismo viene cumpliendo una función aun más específica que la de la negación en sí. Busca endemizar por adelantado la pandemia. Esto es decir que ya está. Cuando se nos propone "convivir con el virus", el discurso nos quiere llevar a la idea de que el virus ya estaría integrado en lo cotidiano y tiene que ser tratado con criterio endémico. De esa manera se puede reconocer su peligrosidad, pero no su urgencia. Se puede reconocer que existe, pero no la medida en que como amenaza pandémica interviene en la modificación de nuestros hábitos de vida.

Médicos y epidemiólogos han puesto como momento "límite" para poder determinar el fin de la pandemia, la aparición de una vacuna y que esta se aplique a la humanidad. De esta manera, si el SARS-CoV-2 mutara constantemente como sucede con otros coronavirus y determinara una o dos vacunaciones anuales para controlarlo, estableceríamos una relación cada vez más endémica con él. Cotidiana. No dejaría de tener sus especificidades ni sus riesgos inherentes que lo definen como virus, pero la respuesta social y sanitaria habría encontrado cómo mitigarlo. Pasaríamos de la incertidumbre de hoy a nuevas certidumbres, y quizás a otras problemáticas, pero ya no las actuales. 

Esa es la razón que vuelve tan importante escapar a las analogías rápidas y a ciertos juegos de palabras. A veces pueden contener nuestra angustia rápida como una aspirina el dolor de cabeza. Pero en un plazo más largo, no nos ofrecen más que una mitigación pasajera. Al final del efecto, la amenaza volvería.

Percibir las amenazas en su justo orden de prioridad y urgencia es clave en todo momento. Uno no resuelve cuestiones, por graves que estas fueran, en medio de un terremoto o una inundación. Si bien es cierto que ambas catástrofes son visibles, esto no hace que el SARS-CoV-2 por menos visible sea menos catastrófico. Algunos entenderán rápido estas diferencias, no solo porque su inteligencia se lo permite, sino porque es la única salida real por la cual podrían empezar a mitigar los verdaderos problemas que los amenazan. Otros preferirán que el orgullo y su sentido de la comodidad los siga guiando y obnubilando su juicio. Bueno, es el mundo en que vivimos. Allá ellos.

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