Reporte Número 5: Los desafíos a la hora de testear
Puedo decir que en seis meses aprendí cosas que no creí que fueran a formar parte de mi conocimiento. Consecuencia de eso, hoy por ejemplo, estoy por empezar a tomar clases de matemática como para entender más cómo funcionan muchos estudios estadísticos y cálculos de contagios, o la generación de modelos epidemiológicos. No pretendo saberlo, sólo quiero entenderlo.
Estos meses me guió (y me guía) la necesidad de entender más algo que me resulta ajeno. Algo similar a lo que me pasó cuando me propuse abordar la comprensión de temas económicos relacionados con el dólar y la deuda externa. La comparación no es porque sí. A mi manera de ver la economía es una disciplina no-transparente. No porque no pueda ser decodificada, sino porque para la mayoría de la población (que vive condicionada por la práctica económica), las claves con que esta funciona es un misterio.
Yo como periodista, sin una especie de juramento hipocrático de por medio, tengo una cierta obligación de desentrañar las cosas que no entiendo y tratar, al menos, de comprender de qué se tratan. Si además al entenderlas puedo colaborar con que otros las entiendan y que mi comprensión no se transforme en un acto privado, mucho mejor todavía.
Con esta filosofía encaré en marzo el abordaje de los problemas de la pandemia. Sobre la base de que el conocimiento científico, médico, biológico, epidemiológico y matemático, estaban mucho más allá de mi territorio, y todas esas disciplinas, juntas o separadas, eran lo más opaco a lo que me iba a enfrentar en mucho tiempo.
No voy a decir que mi mirada no tuvo, varias veces, la sobre confianza que padecemos los universitarios formados en carreras humanísticas, que tenemos la sensación de que podemos descifrar todo. Yo no fui ni soy una excepción al respecto. Empecé a leer a mucha gente que me parecía pertinente y poco a poco fui abriendo cadenas de incógnitas que nunca pude cerrar por completo; pero sí puedo decir que con el acceso a mucha información de primera mano (no primerísima), conseguí armar un escenario posible. Un espacio en el cual leer lo que pasaba.
Esta introducción no abarca el tema por el que voy, pero es necesaria para saber por qué llegué a él. El tema de conflicto fue en su momento y hoy lo sigue siendo: el testeo.
En los comienzos de la pandemia yo entendí que lo lógico era que todo el mundo tenía que ser testeado, de alguna manera, para saber si tenía o no la infección; para saber por dónde estaba circulando el virus; y porque ese saber podría determinar estrategias para frenarlo o terminar con él.
Y si lo lógico era que todo el mundo tenía que ser testeado, todo el mundo tenía que ser todo.
Muy pronto se instalaron en varios países discusiones sobre cantidad y estrategias de testeo. Mientras un sector más liberal pedía indiscriminadamente testeos masivos, otro sector más progresista y de corte más científico decía que eso no era necesario. Que tenían que ser testeos focalizados. Me llevó un poco de tiempo saber algunas cosas sobre los distintos tipos de test y su eficacia, y necesité entender que cuando se hablaba de hacer test selectivos y cualitativos no era solo una estrategia de tipo metodológica, sino un enfoque de aprovechamiento de recursos. Porque los tests fundamentales para detectar el virus eran los PCR, que eran caros, escasos y necesitaban una capacidad tecnológica para procesarlos que en general es limitada.
Si bien yo no dejé de pensar que la mejor solución posible sería saber quiénes están contagiados para así (también) trazar sus contactos y aislarlos, y que más tests randomizados podrían ayudar a eso, acepté que si no hay material, lo único que queda es remar con lo que se tiene. Entendí la condición de precariedad, independientemente de sus razones; entendí la ventana que se abre entre testear y el resultado del test; entendí que el propio sistema va dejando en el camino señales de su propia escasez de medios y que eso se traduce también en retrasos. En mi pensamiento no soy un eficientista. Soy práctico. Aspiro a extender posibilidades, pero me adapto a lo que haga falta. Es un mantra que aprendí de la producción periodística y de ficción. Opero con lo que tengo. No navego en la bruma mental de lo que no está ni tendré durante el plazo de tiempo en que me toca trabajar.
Pero como yo no estoy constreñido por mi formación profesional, puedo imaginar cosas equivocadas. Mi mente es capaz de producir escenarios de situaciones que otros considerarían propias de un imbécil. Ese imbécil, soy yo.
El imbécil que soy pensó -en su momento- que no terminaba de entender que si había una capacidad de generar tests de embarazo, no pudiera haber un test de características similares para detectar el SARS-CoV-2. No era una certeza. Era esa mezcla de duda con ambición de que si ciertas cosas existen, otras podrían existir. A mi propio pensamiento yo lo neutralicé con la idea de que habría muchas razones para que esto no fuera así. Una sería la propia novedad del virus. Otra que habría que adaptar, posiblemente, una producción industrial para generar estos tests de diagnóstico, y que la ventana de tiempo entre la necesidad y la producción no se podía salvar pronto. Entonces una vez más, había que remar con lo que había. Dejé entonces que mi imaginación no me pidiera más de lo que la realidad podía ofrecer, y con eso me quedé. En ese entonces todavía estaba en Madrid.
Recuerdo que estaba allí (antes del 12 de mayo que viajé) cuando leí que un médico al que seguía en Twitter, David States, hablaba de la propuesta de Paul Romer (que había sido Premio Nobel de Economía), que sostenía que había que testear a toda la población de EEUU y que incluso había propuesto una manera de cómo escalar este testeo para que de esa manera se pudiera asegurar la vuelta a la actividad económica y la vida normalizada en un tiempo no tan lejano. Leí mucho las propuestas de Romer. En su blog, en artículos, vi sus videos, leí los comentarios a su proyecto en la publicación Vox, y no me parecía descabellado. Pero no dejaba de pensar en que quizás la contrariedad de ese propósito estaba en que el material no existía.
No es que no hubiera escuchado en el comienzo de la cuarentena en España sobre la existencia de tests rápidos que podrían diagnosticar en 15 minutos. Mucho se habló sobre ello en distintos momentos, diciendo que la variación en la sensibilidad de los distintos tests los hacía más o menos eficaces. Y el test rápido por lo visto era bastante soslayado porque por su tipo de sensibilidad no ofrecería la seguridad que ofrecían otros. OK
David States comentaba en Twitter que él estaba relacionado con un laboratorio que aun cuando tenía un interés directo en producir tests rápidos de saliva, creía que testear a la mayoría de la población sería una ventaja para el control de la pandemia. Ese comentario me hizo pensar que esta situación era algo que no se resolvería en el corto plazo y que dependería de lo que yo pensaba: capacidad de producción y existencias que ahora no se tenían.
Poco después, ya en Argentina, leo un artículo en el que se explica cómo en Etiopía se había desarrollado un test rápido de saliva y que su costo en el mercado era de 1 dólar. Esa noticia me quedó flotando en el aire. ¿Por qué si era posible hacerlo en Etiopía, no lo podía hacer el resto del mundo? No quiero entrar en debates absurdos y baratos sobre apreciaciones de países y continentes. Tengo claro que los países que dominan el mercado farmacéutico son tres o cuatro y evidentemente Etiopía no es uno de ellos. Ni España. Ni Argentina.
A lo que iba es que la dificultad tenía que ser otra. En eso quedó mi pensamiento hasta que no hace mucho escuché que Pardis Sabeti, profesora de Harvard y propietaria del Sabeti Lab había dicho que ella había desarrollado y utilizado mucho tests rápidos en África, pero que en EEUU eso no había sido posible. No me pregunten por qué. Aunque hubiera razones de corte "conspirativo" no me interesa ahondar en ellas. Me importa saber que eso pudo haber pasado por muchas razones, desde compromisos hasta la estupidez de autoridades científicas que pusieron todas sus fichas en una sola manera de trabajar. No hay que minimizar la capacidad de que el propio sistema de intervención sanitaria pueda tener miradas estrechas y prioridades que produzcan descartes a la ligera. Eso pasa y es regla de juego en la ciencia. Probabilidad, ensayo, error y nuevos intentos.
Hace pocos días el panorama tomó otro cariz. Yo sigo a un grupo de epidemiólogos que son los que mayormente desde EEUU marcan el tiempo de la intervención frente a la pandemia. Acercándose la fecha del inicio de las clases (aunque supongo que no solo por eso) empezaron a plantear que tenían que cambiar la estrategia y que eso pasaba por variar la forma de testear. Hablaron de que había un stock enorme de tests rápidos que la industria tenía arrinconados y sin usar y que podían ser la clave que ayudara para atacar uno de los más grandes problemas de la pandemia: la detección de los asintomáticos.
No voy a afirmar que esto se trata de un giro copernicano frente a cómo se venía abordando la pandemia, pero sí plantea un cambio de enfoque que tal vez se podría encarar en un corto/mediano plazo.
La idea es que estos tests rápidos tienen una sensibilidad baja, pero detectan cuando una persona tiene alta carga viral. Si una persona infectada es contagiosa durante un período determinado en el que su carga viral es mayor, un test rápido sería suficiente para detectarla a tiempo y así poder aislarla. Sea esta alguien asintomático, presintomático o levemente sintomático. Los norteamericanos denominan este tipo de cambio de estrategia como un posible game changer. Esto sería que permitiría atacar al virus en esa ventana de tiempo donde es mayormente indetectable, y que si antes -como mínimo- se podía conocer la positividad de alguien en 24 o 48 horas (a veces cuando ya la contagiosidad del testeado viene cediendo), un test rápido con resultado a los 15 minutos podía ganar tiempo y permitir un seguimiento casi en tiempo real.
La cuestión de acelerar el nivel de intervención cumpliría una función de acelerar el control de los contagios y además permitiría establecer una línea reconocible entre quien debería quedarse en casa y quien podría circular. Esto para los problemas que viene planteando la pandemia desde que cruzó a Occidente, sería clave.
Cabe preguntarse qué medió entre que los tests de PCR fueran los reyes durante la mayor parte del tiempo y se hubiera soslayado tanto el uso de los tests rápidos. Las respuestas a esas preguntas se irán conociendo en el camino. Hoy lo cierto es que la intención está y parte de esto reside en que el CDC (el Centro de Control de Enfermedades de EEUU) habría decidido sacar los tests de sus heladeras y ponerlos en funcionamiento. Hablado está, pero todavía no se ha visto en los hechos.
Se sabe que hay de dos o tres marcas en pugna por ese mercado, y que ya hay lobbys en acción para que una marca u otra se imponga. Se sabe, y es de imaginarse, que si EEUU habilita los tests rápidos habrá otros países que también empezarán a desbloquear o a producir los suyos.
La preocupación que rodea esto es la brecha que queda entre el hoy y la vacuna. Esto sería un escenario intermedio. Habría que ver si se concreta y hasta qué punto.
A mi orgullo de imbécil que no sabe nada de estas cosas, lo satisface saber que puede haber iniciativas de ataque rápido contra el virus que rondaron en mi cabeza hace meses. Que descarté y retomé sucesivamente. No sé qué pasará, pero cada día algo nuevo ocurre y hay que estar pendiente de lo que sucede. No son ni deben ser atajos, sino escalones que nos acerquen de manera cada vez más segura al fin posible de la pandemia.



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