REPORTE NÚMERO 14: PROTOCOLOS
Me separo por un momento de la Serie sobre el Apartheid Inmunitario para entrar en un tema que está muy presente durante la pandemia, y es el de los protocolos.
Los protocolos son cada día más parte de nuestra vida cotidiana. Algunos los tenemos más sistematizados, y otros nos parecen un misterio. Llevar tapabocas, lavarnos las manos y mantener las distancias, son un protocolo, y son a la vez las 3 Reglas Fáciles que dan nombre a este blog. A partir de ese gran protocolo básico se ordenan todos los demás. Hay protocolos aplicados a la desinfección e higiene de los espacios cerrados, a los metros de separación entre mesas y personas, al contacto. Hay protocolos para interiores y para exteriores. Y todos son variantes aplicadas del mismo propósito: evitar el contagio.
El propósito del reporte de hoy es entender cómo funcionan los protocolos y cuál es el verdadero sentido de su uso. Pongo un ejemplo: yo sigo en Twitter a personas como Daniel Feierstein, Rodrigo Quiroga y Zacarías Bustos. Lo que los 3 tienen en común es que de tanto en tanto sacan algún hilo de tuits referidos a qué protocolos podríamos y deberíamos seguir para poder llevar adelante determinadas actividades.
Lo que yo he notado respecto de cuando la gente lee estos hilos y los comenta, es que suelen hacerse la idea de que un protocolo ofrece una garantía de seguridad. El razonamiento es de este tipo: si yo quiero hacer esto (salir, correr, visitar a alguien, casi siempre cuestiones relacionadas con lo social y el ocio), siguiendo estas recomendaciones (las que fueren) me va a ir mejor. Y por la viceversa: cómo no me va a ir mejor si estoy haciendo esto (el protocolo).
Un ejemplo muy curioso de esto ocurrió con un hilo de Daniel Feierstein. Ahí se vio cómo a partir de quien lo leía, se daba vuelta completamente su sentido.
Porque los protocolos no operan sobre la reafirmación de la seguridad, sino sobre la relación de probabilidad que se establece entre riesgo y seguridad.
El primer marco que hay que tener en cuenta es que estamos en medio de una pandemia, y que esa realidad es la que define todas las demás. Yo siempre lo pienso y hasta ahora no lo he volcado a un texto pero, para que entendamos la condición de estar en pandemia, hay que pensar que es un momento en que nosotros, los seres humanos, dejamos de ser depredadores porque nos hemos encontrado con un depredador mayor: el virus.
Lo que define la situación, si se quiere ontológica de la pandemia, es que estamos en situación de terminar dañados en la interacción con el SARS-CoV-2. Esto tiene gran importancia porque también nos ayuda a entender por qué en este contexto la única salida viable es una vacuna. Todos como seres humanos vivimos en una sociedad que nos protege (en general) de las desavenencias de la naturaleza. No nos comen los animales salvajes, tenemos capacidad de conseguir comida y de tener unos cuidados de salud básicos. Algunas personas apenas llegan a la frontera límite de esta condición, y otros se pueden dar el lujo de disfrutar de cierta escala de comodidades, desde las más bajas a las más extremas.
Lo que viene a remarcar la pandemia es que esta normalidad o certeza básica que conocemos, ahora está fuera de control. Aunque muchos se resistan a notarlo, es una reversión absoluta de la forma en la que estamos acostumbrados a vivir. Si la seguridad (con sus detalles) es la norma en tiempos no pandémicos, durante la pandemia lo que prima es el riesgo. Y la condición de estar en riesgo es la palabra clave.
Hace unos meses un epidemiólogo decía que en todo el mundo se estaba esperando que ocurriera una pandemia como esta. Lo que no se sabía era qué virus la iba a protagonizar. Lo que él dijo en ese momento fue: este virus es muy peligroso, pero no es de los peores que nos podían haber tocado.
Esta observación que para algunos podría ser una "confirmación" de la no peligrosidad del virus, simplemente es la demostración de lo contrario. Un virus sin vacuna, sin remedio, sin control, no importa que no sea el peor de los virus posibles. No importa que no sea como fue el MERS, que de cada 2 infectados uno moría. Un virus sin cura conocida es un peligro porque no sabemos hasta dónde se puede llegar.
Volvamos al riesgo.Si el riesgo es la condición de partida, entonces todos los protocolos a lo máximo que pueden aspirar es a reducir las probabilidades de que las cosas salgan mal. Y aunque parezca un juego semántico, menos chances de riesgo no es igualable con más seguridad. La noción de "más seguridad" implica la idea de que podría existir una seguridad previa, mínima. Eso es lo que no hay. Lo único que podemos conseguir en este contexto es correr menos riesgos.
Entender esta diferencia (y que hay una gran diferencia) es la única posibilidad de arribar a una comprensión del problema en el que nos encontramos. Y es una diferencia que también tiene un sustrato político: si yo creo que la seguridad es la condición preexistente, todo evento que yo perciba apuntará a sugerir que la pandemia no existe o no es un peligro.
Ahora, si entendemos que estamos en una situación no ordinaria, donde las situaciones de riesgo son constantes (aunque su intensidad varíe), puedo enfrentar el problema de otra manera.
Pensemos en una pistola (con tambor y cargada) y un grupo de gente en la misma habitación. Podemos pensar que si la pistola está fija en un sitio y nadie la toca, no va a pasar nada. O podemos pensar que se puede tocar la pistola y no tocar el gatillo. Podemos pensar que es posible mirar si está o no está cargada. Podemos preguntarnos si tiene balas y cuántas tiene. Y en un caso extremo, alguien podría decirnos que tiene una sola bala y podría surgir como divertimento la morbosa curiosidad que sería jugar a la ruleta rusa.
Todas estas posibilidades pueden parecer nada mientras la pistola no se dispare. Pero mientras haya un grupo de personas en la misma habitación con una pistola cargada, aunque a priori nadie vaya a hacer nada, no prima la seguridad sino el riesgo. En el tiempo que compartimos espacio común con la pistola, no hace falta que nadie la toque, ni es necesario que todos reaccionen de igual manera ante su presencia. Lo que sí hay que entender es que hasta que pistola y gente no estén en espacios distantes entre sí, la seguridad es imposible.
Podría enumerar cantidades de escenarios para representar los peligros. No es lo mismo que haya cinco adultos en la habitación que cinco niños. No es lo mismo que de los cinco adultos uno sea torpe, otro sea curioso, alguno sea bromista, y así.
Resumen: el riesgo es la condición preexistente en una habitación con una pistola, y el riesgo es la condición preexistente en un mundo con 8 mil millones de personas y sin vacuna.
Entendiendo el riesgo como la situación primaria, podemos empezar a leer con más seguridad cómo funcionan muchos protocolos. Podemos entender que un límite de reunión al interior de una casa sea de seis personas, no es porque sea seguro que se relacionen esas seis personas. Lo que allí se conjuga es un doble cálculo: 1) que la circulación viral en la comunidad no sea tan alta y así sea menos probable que una de esas seis personas esté infectada y pueda contagiar; 2) que si una persona está infectada y contagia al resto, no sean más de cinco las personas afectadas.
El cálculo subyacente es simplemente una manera de poner límite a los daños.
Si una de las características bastante definidas del SARS-CoV-2 es que en su momento de mayor contagiosidad puede infectar a muchas personas en un mismo espacio, no es lo mismo habilitar reuniones de 6 personas que de 25 o sin límite. Con 6 personas un escenario de supercontagio no será nunca mayor a 5. De esa manera hay control en la cantidad de contagios y hasta en la posibilidad de trazar quién pudo ser el que trajo el virus.
Los números que a primera vista pueden parecer arbitrarios, tienen un sentido. El sentido de limitar la expansión del riesgo. Y esto es porque la condición de arranque es el riesgo y no la seguridad.
Si 10 personas se pueden encontrar al aire libre, manteniendo distancia y con tapabocas, es porque en exteriores la probabilidad de ser infectado por el virus es 20 veces menor que en interiores. Pero atentos a la referencia del dato. Un escenario de riesgo es 20 veces menor que otro. El cambio de espacio no neutraliza el riesgo inherente, solo lo reduce.
Y lo que una vez más reconoce este límite de 10 personas+tapaboca+exterior, es que aún contando con la probabilidad favorable de que el aire circule, todavía alguien puede terminar contagiándose, aunque en ese caso ya el escenario estaría mucho más limitado.
Con este mismo criterio podemos ir pensando los diferentes escenarios que se nos vayan presentando a lo largo de la pandemia. Escenarios con riesgos en los que nosotros podemos intervenir limitando la chance de que haya contagios.
Uno de los puntos a considerar, y que tanto Feierstein, como Quiroga o Bustos han insistido, es uno de los menos intuitivos, pero tal vez sea de los más importantes: el paso del tiempo.
Me explico: nos fijamos en la higiene o en el tapabocas; venimos incorporando el criterio de la buena ventilación de los espacios o el uso de exteriores; pero hablamos muy poco de los márgenes de tiempo para vernos con otros, sobre todo con los más vulnerables.
Claramente no tenemos certezas y tampoco podemos inventarlas donde no las hay. Menos respecto de un virus cuyo "punto fuerte" es que puede pasar desapercibido en personas asintomáticas o presintomáticas, en momentos de gran contagiosidad. Se tienen indicios de que desde la infección hasta la aparición de síntomas pueden haber unos 5 a 7 días. Que dos días antes de la aparición de síntomas y dos días después suelen ser los que la persona infectada está en mayor capacidad de contagiar. Claramente es un tema que requiere muchas precisiones, pero la idea a comunicar sería la siguiente: si voy a ver a alguien y no quiero contagiarlo, amén de la distancia y el tapabocas, puedo esperar unos 7 a 10 días guardado y ver si tengo o no tengo síntomas.
El manejo del tiempo es uno de los problemas más grandes que yo puedo ver en la pandemia. Mucho mayor que el del no uso del tapabocas. A la gente calcular un tiempo de prevención para ir a ver a otra persona, se le vuelve una ingeniería de planificación infernal. Se resisten a hacerla y al final de cuentas terminan yendo a ver igual a la persona que quieren visitar con el riesgo implícito de que las cosas no van a salir mal. Y en general puede ser que eso sea lo que pase.
Como también puede ser cierto que los cinco amigos que están en la misma habitación con la pistola cargada se la pasen entre sí, eviten tocar el gatillo o hacer manipulaciones torpes, y salgan de la habitación sin daño. Esa situación en términos reales se llama forzar las probabilidades. Lo que estamos haciendo es una apuesta. Apostamos a que las cosas no nos van a salir mal, no porque tengamos una certeza, sino porque elegimos confiar en que vamos a tener suerte.
En un sentido, en decenas de miles de casas en las que cinco personas podrían compartir habitación con una pistola cargada, la mayor parte saldría de la habitación sin problemas. Pero en muchas la interacción no va a ser tan afortunada. Habrá tragedia. Y eso ocurre ante todo cuando empujamos nuestras chances más allá, pensando que a nosotros no nos va a pasar nada.
Con la pandemia el ciclo del riesgo es un poco más complejo, porque la cadena de daños posibles no termina cuando salimos de la habitación, sino que lo podemos llevar con nosotros a nuevas habitaciones.
En término de probabilidades, cada persona que va a reuniones a las que no debería ir, tendría que ser consciente de que en cada ocasión está haciendo tres apuestas y no una.
Primera apuesta: no me voy a contagiar
Segunda apuesta: si me contagio, no me va a pasar nada
Tercera apuesta: si me contagio no voy a contagiar a nadie
El problema es que en ese juego, las chances de uno no terminan con la primera ni con la segunda apuesta. La persona abre una tercera instancia que es la probabilidad de que alguien cercano se contagie y que si a él -el que llevó el virus- no le pasó nada, quizás a ese otro cercano no le vaya tan bien. O le vaya mal.
Por eso cada vez que pensemos en protocolos, en los básicos de Distancia-Tapabocas-Higiene, así como en otros más complejos, hagámoslo teniendo en cuenta que no estamos operando sobre la seguridad o la certeza, sino sobre el riesgo. Y que nuestra acción a la hora de cuidarnos es básicamente una limitación de daños posibles. Que a veces no podemos evitar correr esos riesgos y que tenemos que hacer algo, lo que fuere, para que las chances de que algo salga mal sean las menores posibles. Pero es así y solo entrenando nuestro pensamiento para evaluar esas probabilidades, será como podremos atravesar nuestro camino hasta que llegue la vacuna. No tengo dudas de que no será algo fácil, pero tampoco tiene por qué ser imposible.




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