Reporte Número 8: "Un Enemigo del Pueblo"
"Un enemigo del pueblo" es una obra de teatro de Henryk Ibsen. En la obra, un médico se entera de que las aguas, orgullo de su localidad y atracción turística (y de dinero), están contaminadas por una bacteria que las vuelve altamente tóxicas. La recomendación del médico es cerrar la laguna hasta desinfectarla, justo al momento de empezar la temporada de turismo. La obra muestra cómo "las fuerzas vivas" del pueblo pasan de la indignación a la negación del problema y cómo terminan responsabilizando y odiando al médico. Historia que se escribió a fines del S XIX y que en el tiempo se repite. Sirvió de inspiración para la película "Tiburón" y es un modelo de cómo en una población se reacciona frente a ciertas (muchas) realidades incómodas.
Siempre tuve presente la referencia de la obra de Ibsen durante la pandemia y recién hoy conocí en un artículo del New York Times la historia del pueblo austríaco de Ischgl, que vive del turismo, los esquiadores y el ocio nocturno, al punto que la ciudad es conocida como la "Ibiza de los Alpes".
La nota del NYT es una parábola dentro de la pandemia. Del turismo y la pandemia alrededor de lo que pasó en Ischgl, pero también de las fronteras y la pandemia alrededor de lo que ocurre en el mundo.
Lo que pasó en Ischgl es que el lugar está muy cerca del norte de Italia (que fue epicentro del brote en Europa durante un buen tiempo) y es zona de reunión de muchos turistas noreuropeos. Claramente no es una zona de ocio popular, pero la cuestión de clase, sin ser el mayor problema de la historia, tampoco es el menor.
Desde Ischgl salieron muchos contagiados en dirección a Alemania, Noruega e Islandia, y en un punto fue origen de un número importante de brotes esparcidos por Europa. La historia se resumiría en que cuando estas infecciones se detectan y se rastrea el origen en Ischgl, se cierran las pistas de ski, el ocio y todo lo que con ellos se conecta. Durante la ventana de tiempo en la que Ischgl se convirtió en inesperada incubadora del SARS-CoV-2, se produjeron contagios que los médicos del lugar detectaron, pero que sugirieron que no afectarían a quienes acudieran a bares. Específicamente en uno de esos bares, al otro día de una fiesta, se realizaron pruebas y se terminó descubriendo que todo su staff daba positivo.
Hubo gente que lo pasó muy mal, algunos murieron, otros se llevaron de paseo el virus por el mundo sin saberlo y allí se reduciría un tipo de historia que a lo largo de los meses no nos es desconocida. Lo que sí cambia es algo que se viene buscando hace un tiempo y es ver cuándo se reabre de manera clara las fronteras y los vuelos en el mundo.
Todos los que más o menos tienen bien puesta la cabeza entre los hombros saben que aún cuando hoy sabemos muchas más cosas sobre el virus, que nos permiten descartar ciertos problemas y reafirmar o amplificar otros, el tema de la circulación sin controles serios o cuarentenas sigue siendo una cuestión difícil de sortear. Los lobbys de transporte y turismo quieren restituciones antes que temprano, porque responden a una de las lógicas más consistentes que se pueden conocer hoy: el que ya es suficiente.
El "ya es suficiente" es una medida del hartazgo y es no-dependiente de medición alguna. Porque cuando una medición se pudiera hacer, esta tendría un todo que ver con los mecanismos de control que pudieran ser aplicables en toda la cadena de desplazamientos de ese ganado tan peculiar que somos los turistas. Tendría que reflejar desde los grados de circulación del virus en el lugar de origen, a los riesgos en el transporte y al del lugar de destino. Entendamos que de lo que se habla no es de algo necesario sino contingente como es el ocio. Que aun cuando su finalidad es producir ganancias en un sector económico, no puede justificar con muchas razones la compensación entre necesidad y riesgo. Reduciéndolo, alto riesgo para necesidades blandas.
La operación de los lobbys de transporte y turismo no es ajena a otro tipo de operaciones más clásicas como las que se han conocido típicamente -por ejemplo- con la industria del tabaco, intentando demostrar que los riesgos inherentes son excesivos y nunca son tales. No hace falta abundar en ejemplos. Así que lo cierto es que se puede pensar en cuáles son los riesgos reales y todo lo que los controles efectivos actuales no realizan. Incluso la superficción de los protocolos que supuestamente todo el mundo sigue, pero cuanto más camino se anda, más se sabe que ni protegen ni cuidan ni reducen riesgos.
Esto no quiere decir que no hace falta pensar en protocolos posibles. Lo que haría falta pensar es que si realmente se hiciera un trabajo serio orientado a la eficacia de los protocolos y a la supervisión necesaria para la aplicación de los protocolos, muy poca actividad podría ser sostenida. Conclusión leve: mejor presuponer que existen y que funcionan, que comprobarlo. No sea cosa que descubramos que estamos tan expuestos como antes de que tales protocolos se redactaran.
Pero además de ese problema sencillo: falta de controles y protocolos no contrastados (muy poco fiables), existe el problema más evidente que acompaña esta realidad. El número de contagios. En el transcurso del mes de marzo de 2020, que es cuando se declaró la pandemia, se procedieron a cerrar las fronteras con una cantidad de contagios activos que variaron entre los 43.000 y los 750.000. Hoy los contagios activos son casi 8 millones. Esto, sin abundar mucho, nos explica que hay 10 veces más circulación del virus por el mundo hoy que a fines de marzo (seis meses atrás).
Lo único que permitiría compensar que esa multiplicación por 10 de los casos en el mundo habilitara la reapertura de fronteras y el turismo a niveles de reparación (no de restitución) de pre pandemia, es que hubiera mejorado de forma proporcional (o más) la capacidad de control. Pero esa no es la realidad.
A fecha de hoy tanto en EEUU como en el Reino Unido se duda de que luego de todos estos meses de pandemia se esté testeando de manera adecuada a la gravedad del problema. Pensemos un instante que si para llevar el control y seguimiento de la situación cotidiana, actual, aún con las restricciones, no se consigue. ¿Qué hace pensar que un incremento en el tránsito de personas entre países va a estar mejor controlado que lo que ya hay? Y que por cierto funciona precariamente.
Precariedad es una de las palabras que menos se trata de usar en esta crisis, pero es definitoria de lo que pasa. Los sistemas de control necesarios, empezando por la salud, pero continuando con todo aquello que depende de él, están afectados de precariedad. Esa es la regla y la excepción son unos pocos países que tomaron otro tipo de medidas y estrategias.
Lo que ha funcionado bien, no en países ricos, sino en países de rango más pobre como Vietnam o Senegal, no es algo que parezca posible de ser emulado en otras geografías con más medios. Y eso es porque la precariedad, per se, no es solo una situación de escasez de medios, sino la acumulación de carencias que responden a orientaciones políticas, ideológicas y económicas claras. Para quien no cree en la intervención del estado, la racionalización de los medios es lo que determina el criterio de acción. Entonces no es que falte sencillamente el dinero o los medios. Es que no hay en el universo mental de determinados países el propósito de revertir este contexto de operar al límite.
No se puede revisar todos los casos y todos los ejemplos, pero sí se puede pensar en que no hay que recalar en situaciones donde la respuesta vacía es "tendremos protocolos", porque los que hay son blandos y tienden a gestionar las escaseces previas, agravados por las otras carencias que la propia pandemia ha generado. Es decir: los protocolos son protocolos de pocos botes para muchos náufragos.
Y tampoco alcanza con que "haremos más tests", porque la realidad indica que cuando hubo más chance de hacerlos no se hizo, y ahora que la inundación viral arrecia es más difícil llevarlos adelante con la eficacia que requieren. Responder requiere un plan. Un plan que no es ajeno a la gestión fronteras adentro y que tiene una correlación ineludible fronteras afuera. El tema pasa por no banalizar las dificultades y los tan mentados protocolos que se elaboran movidos por el apuro de reaperturas, no responden a los riesgos reales, sino a formas de tratar de ensobrar la realidad para que no parezca tan fuera de control como realmente está.
La presión no solo mediática sino poblacional por apurar las definiciones en un terreno marcado por el horizonte lejano de la vacuna, es ineludible. Pero por más que uno se emperre, las colas no circulan más rápido que lo que un cajero puede hacer para moverlas. Salvo que en esas colas se hiciera como en algunos peajes, que cuando no se alcanza a cobrar se levantan las barreras. Sería la solución vernácula, pero no sería necesariamente eficaz.
Es difícil compensar todos los elementos, pero los problemas que la realidad plantea para la seguridad común, como ocurría en "Un enemigo del pueblo", en el Amityville de "Tiburón" o en el muy real Ischgl de los Alpes austríacos, nos pide otro pensamiento y otra comprensión de las cosas. El tema es que para que funcione, tendríamos que empezar por aceptar que en medio de una pandemia las cosas no son y no serán, ni por asomo, como nos gustarían.



Comentarios
Publicar un comentario