REPORTE NÚMERO 18: VACUNAS PARA TODXS

 El comienzo de la vacunación en el mundo ha puesto el foco en el contraste entre 3 aspectos de cómo enfrentar la pandemia: lo imaginado, lo deseado y lo que ocurre.

En una primera etapa, cuando los contagios empezaron a escalar de manera global y ya no eran simplemente aquella u otra ciudad, o una región, ni un par de países, la idea del desarrollo de una vacuna para frenar el coronavirus parecía un objetivo común. Era como si en esos albores hubiera sido posible pensar que todas las naciones y la industria farmacéutica habían alcanzado una especie de consenso sobre la urgencia y la solidaridad que implicaba la llegada de una vacuna.

Hoy, a diez meses de pandemia, ni las multinacionales farmacéuticas ni los países más ricos que tienen el control del capital de las mismas, parecen muy dispuestos a ceder su parte de la solución en beneficio del conjunto de la humanidad. No pensando la humanidad como idea moral, sino como contabilidad concreta de todos aquellos seres humanos que sin el acceso a una vacuna son susceptibles de contraer la enfermedad.

La forma que esto toma es la de prioridades. Una de las prioridades que parece ser tácita es que los países que controlan los paquetes accionarios o alojan las empresas y laboratorios que desarrollaron las vacunas entienden que tienen que ser los primeros en inocular a su población y luego el resto del mundo. Otra de las prioridades que se desprende de esta, es que los países que desde sus gobiernos invirtieron en el desarrollo de las vacunas entienden que a ellos les corresponde el primer turno. Y una prioridad más se relaciona con los contratos que las farmacéuticas fueron firmando con distintos países, donde incluso hay casos flagrantes de países ricos que compraron entre 3 y 5 veces lo que necesitan para vacunar a su población, mientras que otros países no pueden acceder a firmar contrato alguno. Tres países que han hecho esto de manera flagrante son Canadá, Reino Unido y Australia.

Es cierto que la mayor parte de esos excedentes comprometidos, no están disponibles para los países que los han comprado, ya que aquí es donde surge el otro aspecto de esta potencial crisis que es la producción limitada de vacunas. En todas partes se ve que no alcanzan las existencias para cubrir las necesidades, pero también se ve que sí hay países que están vacunando más que otros y esto se debe a que tienen un acceso directo a la producción del material. Estos países son, sin duda, EEUU y Reino Unido.

Están los casos de otros países más chicos como Israel, con casi 9 millones de habitantes que está a punto de vacunar a más de la mitad de su población. Lo que explica este caso no es que "donde se quiere se puede", sino que donde hay existencias y hay una población más fácilmente abarcable, se podría emprender una campaña de vacunación intensiva y alcanzar más rápidamente la inmunidad de rebaño por vía farmacológica.

En este mapa hay otro problema no menos importante: el agravio comparativo que se hace entre la industria farmacéutica occidental y los desarrollos farmacéuticos de países como Rusia o China. Mientras la prensa toda y el aparato de consenso científico de los países más ricos solo pone los ojos en las vacunas de marca como Pfizer, Moderna, AstraZeneca y ahora Johnson&Johnson, esquivan todo el tiempo hablar del trabajo y los desarrollos de otros países. No los consideran para su aprobación y apenas los analizan. Para la prensa y para muchos científicos de occidente, las vacunas que no provienen de marcas comerciales directamente no existen. Las tratan como si fueran un hobby.

Es una de las características notorias de cómo funciona este sistema en el cual se da por sobreentendido que solo las multinacionales serían capaces de producir vacunas válidas que pueden ser mensuradas por el mercado. Mientras que las que provienen de esfuerzos "no comerciales", serían una solución aplicable solo para zonas pobres. Esta fue la afirmación de un científico respetado como Florian Krammer cuando se aprobó la vacuna de Sinopharm en Emiratos Árabes. Para los países no centrales estaría bien, pero en los centrales la vacuna que se desarrolló en China no tendría chance de ser aprobada.

Estos elementos intervienen al punto que las opiniones públicas en los distintos países, ya previamente divididas ante a las estrategias para frenar la pandemia, se dividen con más intensidad afirmando que las vacunas comerciales son las de verdad y las vacunas desarrolladas por laboratorios más ligados a estados, o específicamente a estados no occidentales, son casi un genérico. Un premio consolación para los pobres que no pueden pagarse algo mejor. Y los medios que se componen de gente con poder y dinero, impulsan movidas de lobby para desacreditar las vacunas no comerciales de países no occidentales. Así de sencillo.

Esto es apenas una parte del mapa complejo de las vacunas, donde geopolítica, mercado y dinero, determinan cómo se distribuye y qué se distribuye. Así la vacuna de Pfizer se ha vuelto un poco el IPhone farmacológico del momento. Y AstraZeneca el Samsung/Android de mayor (probable) acceso. Y el juego intenta convencernos que por fuera de eso, no hay nada. Y que si no hemos conseguido una provisión de esos productos, estamos una vez más afuera del mundo. Pero esto claro que no pasa solo en Argentina. Pasa en todas partes. Y pasa que hay lugares en los que ni siquiera ven vacunas de ningún origen, y no las verán por bastante tiempo. Por el lugar en la geopolítica y porque son territorios en los que viven seres humanos pobres.

La OMS ha tratado de advertir sobre esto. Yo entiendo que el papel de la OMS se ha visto empañado a veces por metidas de pata, pero para mí es más importante el rol que viene cumpliendo que las metidas de pata (que por otra parte hay países y organismos que las han duplicado y triplicado cuando han tenido oportunidad). Lo importante de la OMS para mí está en dos puntos: uno es que son el único organismo que ha mantenido una mirada global sobre la pandemia y que posee una estructura internacional que le permite validar esa mirada. Sin esa vigilancia sanitaria que realiza la OMS y su capacidad de detección y de anticipar problemas, nos habríamos visto mucho más complicados de lo que estamos.

El otro punto importante respecto de la OMS es el maltrato práctico e informativo al que la sometió EEUU durante la gestión de Trump. No son solo los fondos que le quitó. Es toda la ofensiva y el ninguneo sistemático que se llevó adelante contra ella, con toda la intención de quebrarla. Para eso se valieron del propio aparato informativo de EEUU (así como de las granjas de trolls que tienen por el mundo), como para sabotear a la OMS en cada oportunidad que tuvieran. A la OMS le va a costar mucho tiempo remontar este maltrato y ese tiempo tendrá consecuencias globales graves para todos nosotros.

La importancia de los reclamos de la OMS respecto para no caer en las trampas de las disputas de empresas farmacéuticas, el nacionalismo vacunal de las grandes potencias, y el agravamiento de la brecha Norte/Sur, es un tema clave.

De todos estos temas hoy planteados el más importante es el de la liberación de las patentes de las vacunas. Es cierto que si la cuestión de Propiedad Intelectual se resolviera, podría seguir existiendo el problema de que aún hay una baja producción y que la logística de distribución es compleja. Pero esto permitiría que el actual cuello de botella se distienda.

Hoy los problemas de la distribución y llegada de la vacuna están concentrados en lo que comentaba al principio: acaparamiento de países ricos, una cierta connivencia de las grandes farmacéuticas con estos países como mejores postores y la realidad de la baja producción, al menos a día de hoy.

Liberar las patentes de las vacunas permitiría abrir un juego que hoy está muy cerrado. Y no es novedoso. Las disputas entre patentes exclusivas y medicamentos genéricos son clásicas en el escenario farmacéutico. En Argentina determinaron en gran parte un golpe militar en 1966, con lo cual tampoco es algo nuevo.

Lo que sucede hoy es la rémora arrastrada de décadas de control sobre la producción y distribución farmacéutica. Y en todo caso es una amplificación, ya que nosotros vivimos en un mundo diseñado en la posguerra, pero que en estos 75 años no había sufrido una pandemia de estas dimensiones.

Hoy liberar las patentes no solo es un tema urgente, sino que es la clave para lo que vendrá. Los problemas que ha habido en nueve meses de pandemia sin vacuna, están en un todo referidos a lo que dijo en su momento Richard Horton, el director de The Lancet, sobre la incapacidad del mundo de coordinar una mínima respuesta frente al coronavirus. Ahora en el mes 10, con la vacuna, lo que hemos hecho es sumar a los problemas prácticos de des-coordinación, todos los problemas inherentes a la geopolítica y la economía global.

Me explico un poco más: antes de la vacuna, mal que bien, cada país intentó resolver sus estrategias para enfrentar la pandemia de puertas para adentro. Lo más consensuado que se pudo hacer, en lo tácito, fueron los momentos en que se decidió cerrar fronteras para que el virus circulara menos entre países. Una medida proteccionista práctica y necesaria, pero precaria. Porque siempre dependió de la mejor o peor voluntad de cada país de resolver estas cuestiones. En los hechos, lo que importó es lo que pasara en casa.

Con la vacuna empezó a ser importante negociar y hacer pesar las grandes o pequeñas alianzas estratégicas para conseguir una mejor provisión. En este mapa donde la tendencia es a la acaparación, lo países menos favorecidos por el dinero o las alianzas resolvieron con los proveedores que tuvieron a disposición. No hablo aquí de calidades del material ni de tecnologías de producción. Me refiero simplemente a que recurrimos a los proveedores que estaban dispuestos a vendernos vacunas.

Para mí un ejemplo paradigmático de esta etapa de las vacunas es el de Pfizer. Su distribución dependió y sigue dependiendo de una cadena de frío excluyente. La vacuna de Pfizer/Biontech se diseñó para países ricos con acceso a una tecnología de conservación determinada. Totalmente distinto al caso de AstraZeneca.

Lo otro a pensar con respecto a Pfizer no es solo el uso excluyente de la tecnología que requiere, sino que en países como Argentina o Brasil las negociaciones se complicaron (aunque no solo) por las cláusulas leoninas de sus contratos y la indemnidad que reclamaban frente a posibles problemas que generara la vacuna.

En un mapa donde la Propiedad Intelectual y las restricciones de producción y distribución no sean lo determinante, este tipo de situaciones no debería prosperar. Sería más fácil producir y distribuir. No sin contralores, pero no de forma tan cerrada como hoy. No es la intención concluir que Pfizer es el mal y el resto no presentan otros obstáculos, pero sí que define muy bien que gran parte del problema actual está en la manutención de privilegios e indemnidad que solo sirve para proyectar una brecha cada vez más grande entre países ricos y pobres. Y como subproducto, prejuicios, tensiones y enfrentamientos, en un marco en el que lo que necesitamos es colaboración para resolver un problema que ya de por sí es muy difícil.

No voy a insistir en lo que muchos han dicho sobre que las vacunas serán todo lo buena que puedan en tanto el virus circule menos y genere menos mutaciones y variantes. Si, pongamos por ejemplo, Israel consiguiera inmunizar pronto a su población, pero el virus sigue circulando y mutando en variantes cada vez más agresivas y transmisibles, lo ganado lo perderán en poco tiempo.

Hay que salir de los círculos viciosos y buscar soluciones que no contemplen solo el corto plazo. Corto plazo fue el modelo sanitario previo a la pandemia, y su manifestación se dio siempre bajo la forma de la precariedad. De lo escaso. Esta persistencia tan heredada de las décadas neoliberales de "racionalizar" en los gastos y de que no sobren camas ni personal ni insumos, es basamento del desastre en el que estamos hoy. Ahora también es visible en los problemas con la producción y distribución de vacunas. Ya es hora de que acabemos con estos circuitos tóxicos de una vez por todas y pensemos en términos globales y con un futuro sanitario inclusivo como único horizonte.

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