REPORTE NÚMERO 19: GEOPOLÍTICA Y VACUNAS

Tenemos vacunas y las tenemos en tiempo récord. Las esperábamos más tarde y con menor eficacia. Sin embargo, el camino se acortó mucho. Como muchos dijeron, aparece la luz al final del túnel, y las aspiraciones de alcanzar una inmunidad colectiva empiezan a tener un sentido. Un sentido científico y farmacológico. Este es el Lado A de la correlación Vacunas y Pandemia. ¿Cuál es entonces el Lado B?

El Lado B no tiene que ver ni con la ciencia ni con la eficacia de las vacunas. Tiene que ver con la geopolítica y cuál es la inserción y el rol de las compañías farmacéuticas dentro de ese contexto geopolítico.

La mayor parte de las vacunas de las que hoy hablamos fueron desarrolladas en laboratorios privados de países como EEUU, Reino Unido o Alemania, financiadas con fondos provistos mayoritariamente por los estados. Hubo colaboración de privados y fundaciones filantrópicas como las de Bill & Melissa Gates, pero el grueso del desarrollo provino de incentivos estatales. En ese sentido se daba por hecho que a la hora de la provisión y distribución, los países desarrolladores iban a hacer pesar su preeminencia.

Así en medio del entusiasmo por la llegada de las vacunas, nos encontramos con las primeras paradojas: las cantidades no eran suficientes para vacunar a toda la población incluso en los países más ricos que pusieron financiación; el ritmo de producción era proporcionalmente lento; y los pre-contratos de compra auguraban que los países ricos tenían aseguradas más vacunas que las que necesitaban, aún cuando esas mismas vacunas ni siquiera habían sido fabricadas.

Al primer impacto de la situación global de las vacunas se lo denominó "nacionalismo vacunal" (y la definición sigue valiendo), por la sencilla razón de que el enfoque de la producción, distribución y acaparamiento de las vacunas se hacía en relación a los países con más capacidad de compra en desmedro de los que tienen menos o ninguna capacidad de compra. Así los mapas de vacunación auguraban calendarios en los cuales países como EEUU, Canadá, Reino Unido, Australia o la Unión Europea, resolvían su vacunación en meses mientras el resto del mundo la tenía que ver postergada por años.

En ese sentido EEUU y RU fueron y siguen vacunando a velocidad de crucero, mientras muchos países aún no han visto un vial de vacuna; u otros, entre los que se cuenta Argentina, vamos accediendo a las existencias de vacunas por cuentagotas.

El primero en hacer notar esta brecha desigual fue Tedros, el director de la OMS. Planteó el dilema práctico y moral que implicaba que los países ricos y las compañías farmacéuticas con casas centrales en esos países, estuvieran acaparando la producción e inoculación de vacunas. Así es que varias organizaciones en el mundo empezaron a hacerse eco de este problema. Porque al mismo tiempo que las vacunas se concentraban en un puñado de países ricos, iba creciendo en el mundo la incertidumbre de las variantes del SARS-CoV-2.

Esto que al comienzo produjo una inquietud sin forma definida, con el paso de las semanas se fue volviendo más complejo. No había una única variante de cuidado por la que preocuparse, sino por lo menos tres: la británica, la sudafricana y la brasileña. Los especialistas en vigilancia genómica explicaron durante esos días, reiteradamente, que estas variantes surgían como parte de la circulación descontrolada del virus, y que el conocimiento sobre estas y otras posibles variantes, dependían de los sistemas de vigilancia de cada país. Y que así como estas variantes podían estar identificadas, también podían haber otras tantas circulando sin que hubieran sido detectadas.

La aparición de las variantes puso sobre la mesa una preocupación fundamental: ¿hasta qué punto las vacunas que se estaban aplicando eran eficaces para las mutaciones? La noción de "escape inmunitario" se fue instalando en los debates científicos, ya que la existencia de las variantes y su circulación creciente planteaban la posibilidad de que las vacunas no tuvieran la misma eficacia con el linaje original (sobre el que se desarrollaron esas vacunas), que con las nuevas variantes.

Estimaciones y evidencias aparte, lo que los investigadores avisaron fue: mientras el virus siga circulando, el riesgo de que aparezcan nuevas variantes evolucionadas y capaces de producir escape inmunitario, existe. Y para que los peores pronósticos no se cumplan, hay que tener esta situación todo el tiempo en mente.

Es en ese sentido que este fin de semana dos periódicos como son The New York Times y The Washington Post, sacaron sendos artículos planteando los problemas derivados por la falta de un enfoque global de la vacunación.

Los artículos plantean distintos aspectos (todos talones de Aquiles) de la situación actual. El primero que se plantea es el que sigue derivando de la exacerbación del nacionalismo vacunal. Ya que puede ser que los países ricos logren inmunizar a un porcentaje suficiente de su población como para limitar, si no la circulación viral, al menos las tasas de mortalidad u hospitalización que provoca la Covid 19. Pero solucionar el problema de la inmunidad fronteras para adentro sigue planteando que un virus que circula aceleradamente en el contexto global, puede producir: a) nuevas mutaciones; b) problemas para la circulación internacional de mercaderías y personas. Esto último en el mundo en que vivimos es, sin duda, el elemento más importante.

El segundo problema es la correlación que se establece entre los estados de esos países ricos y las compañías farmacéuticas. Ante todo EEUU, que ocupa la posición dominante en este mapa de producción y distribuciones, se encuentra ante el dilema de si avalar o no la demanda de los monopolios farmacéuticos de proteger las patentes de las vacunas. Los lobbys asociados a estos monopolios proponen que en ningún caso deberían liberarse esas patentes, ya que perjudicarían a ese sector industrial. Esto, nuevamente, es un aspecto derivado del nacionalismo vacunal. Proteger la industria de los países centrales en desmedro de los países más pobres no es una práctica de 2021. Es algo que viene de arrastre con la historia misma del mundo y que ahora se refrenda y multiplica.

Pero aquí aparece un tercer problema de corte geopolítico. Al haber acaparado los países más ricos de occidente las existencias de las vacunas, dejaron abierto un espacio que puede ser o no de mercado, pero que indudablemente es político: la provisión de vacunas que llega de Rusia y China.

Rusia y China a diferencia de los países de occidente apostaron por un desarrollo vacunal bien conectado con sus estados. No es que sus vacunas se regalen, ni mucho menos, pero al menos no aparecen bajo el formato de marcas comerciales (como pasa en occidente), y pueden salir a cubrir ese espacio/flanco que EEUU / RU / UE han dejado abierto. Esto planteó de inmediato un problema de tipo geopolítico directo. En el informe del CDC de Estados Unidos 2020, en su página 48, se cita textualmente:

Esto es el indicativo de que la disputa por el espacio de influencia política en determinadas regiones estaba enfocado en la aceptación y uso o no de ciertas vacunas. Aquí declara la estrategia de impedir el uso de la Sputnik V en Brasil, por ejemplo. Al mismo tiempo la diplomacia comercial a través de Pfizer propuso en América Latina que se priorizara comprar la vacuna de EEUU con un serie de condicionalidades leoninas. Esto empezaba por transferir la responsabilidad de los daños colaterales que pudiera provocar la vacuna, no a su compañía productora, sino al estado contratante. Para eso los estados debían modificar primero sus legislaciones, cosa que en Argentina se hizo para agilizar la compra, pero esta cuestión se complicó mucho más cuando los negociadores de Pfizer pidieron la contratación de seguros especiales que hicieran recaer la responsabilidad en el Estado argentino, y que como garantía de seguridad de pago por los problemas derivados por el uso de la vacuna estadounidense, se pusieran bienes soberanos. Esto podría abarcar desde bienes físicos hasta reservas del Banco Central. Además de renunciar a sus tribunales en favor de los tribunales de EEUU.

Si alguien no tiene la brújula muy ajustada, este tipo de diplomacia comercial y financiera es la que suelen usar los fondos buitre. Con un agregado: al poner como condición que el Estado Argentino asuma los fallos de la vacuna de Pfizer como propios y afronte los pagos de las demandas con sus fondos, expone que este tipo de demandas pueda ser utilizada tanto de manera real y cotidiana, como de manera política. Esto es que el Estado podría verse envuelto en una marea de demandas que no serían causadas por el Estado mismo, sino por la empresa proveedora de la vacuna. La capacidad de convertir esto en foco de conflicto local e internacional está servido. ¿Se pierde entonces el acceso a una buena vacuna? Puede ser. Pero nada justifica que esa posibilidad se haga en desmedro de un estado que necesita proveer mucha más variedad de vacunas que solo la de Pfizer. Hay muchos que preferirían no entender este balance, pero es así de sencillo. Nada compensa que un estado pierda bienes soberanos (que son a la vez garantía para poder acceder a una más amplia provisión de vacunas), en función de cubrir las exigencias de una empresa multinacional específica que abusa con sus prácticas monopólicas.

Entretanto, lo que queda de este panorama sería la posibilidad de destrabar este cuello de botella que las farmacéuticas y los países en las que se asientan han creado. Una alternativa como la de liberar patentes es de lo más importante que podría pasar en este contexto. Pero, ¿qué desventajas prácticas habría que resolver?

Lógicamente EEUU podría aceptar impulsar que se liberaran las patentes de sus vacunas (Pfizer o Moderna), siempre y cuando eso implicara una prioridad en la exportación de su tecnología y su know how. Y esto plantea uno de los problemas más grandes.

La tecnología de estas dos vacunas de mRNA (RNA mensajero) es la más avanzada del momento y solo se puede realizar en algunos países (pocos y ricos). Liberar las patentes de esas vacunas necesitaría exportación de tecnología y períodos de formación y adaptación. Los laboratorios para producirlas tendrían que computar un tiempo excesivo para que esto sucediera y la producción pudiera regularizarse. Pensemos que el acuerdo que ha conseguido ahora Argentina para producir en el territorio la vacuna Sputnik V (con una tecnología estándar) necesitará de un tiempo de acondicionamiento cercano a los 24 meses. Esto es que no habría capacidad de que ese acuerdo provea vacunas para la población en menos de dos años. Los países en los que habría que crear las condiciones para llevar la tecnología para producir vacunas de mRNA pueden estar en una desventaja aún mayor. Esto es delegar en años la resolución de la producción, ya que esta forma de "liberar" las patentes que proponen en EEUU tiene más que ver con un franquiciado que con una liberación real. Y EEUU tendría la preeminencia del traslado y formación técnica para que esas vacunas se produzcan en otros países.

Esto tiene el formato de la exportación de tecnología típica de los países centrales que deslocalizan en función de abaratar la mano de obra. Más que pensar en la provisión de vacunas a países que no las tienen, esto tiene el color de la reconversión de esos países en proveedores comerciales más baratos, a cambio también de una mayor influencia sobre las regiones en las que esto pase.

 Por eso, en este momento, si el debate pasa por cómo lograr una provisión global seria para los países que en estos momentos no tienen acceso a vacunas y de esa manera inmunizar al mayor porcentaje de población mundial posible, habría que poner el foco en cuáles son las patentes y de cuáles vacunas, las que podrían ser más fáciles de producir descentralizadamente y en el plazo más corto.

La de AstraZeneca parece ser una de las mejores candidatas por sus características y precio, pero también la de Johnson&Johnson. No hay que descartar lo que puede pasar con vacunas como Sputnik V, o la Sinopharm o Sinovac, e incluso otras que puedan aparecer en los próximos meses. Pero sí que hay que concentrarse en las vacunas que puedan producirse con una transferencia de tecnología y formación de personal menos compleja. Poner por delante de la agenda las de mRNA no parece de lo más aconsejable. Son muy eficaces, pero son difíciles de producir y de conservar.

La respuesta a los problemas actuales tiene que estar en vacunas accesibles para la gran mayoría. Llevará tiempo, seguramente, pero menos que una reconversión completa. Y también porque no se puede dejar el futuro de las vacunas del mundo atado a cuatro empresas que concentran la capacidad tecnológica y productiva. Aún así, sin la aspiración de resolver en el corto plazo los grandes problemas que arrastra el mundo en estos temas, se puede intentar una solución geopolítica más adecuada, que hoy no pasa por promover la tecnología de EEUU a cualquier precio. Hay muchas opciones antes y en ellas hay que concentrarse. Recién entonces podremos empezar a pensar que salir del túnel de la pandemia sería una realidad al alcance de la mano.

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